
El protagonismo de este blog, independientemente del que lo cuenta, se lo ha ganado el gerente. Lo comenté hace poco y lo repito de nuevo. Esta vez debido a que el post que les escribo es interesante, a pesar de su aparente trivialidad. Estoy convencido de que ocurre en muchas empresas y tal vez es una de las facetas necesarias para ser
"jefe".
La moraleja de este cuento, permitánme la presteza y anticipación al final, es que no puedes ganar.
Hagas lo que hagas, perderás en un enfrentamiento con un jefe. No lo digo en sentido literal y estricto, pero sí en uno metafórico. Esto es así, porque el que manda, siempre tiene la última palabra, aunque su turno de replica haya pasado.
Una de las particularidades que tenía mi empresa era que mi jefe siempre cerraba la conversación. Por supuesto, en el sentido laboral. También en el sentido lúdico, ocioso y de parlamentos intrascendentes. Tardé un poco en darme cuenta, como mal observador que soy. Una vez descubierta esta curiosidad, di marcha atrás en el tiempo y lo asocié con muchas de las cosas que había vivido y muchas de las conversaciones que recordaba. La anomalía se repetía sin cesar, con un patrón establecido. Lo suficientemente claro como para ser una costumbre y no una coyuntura. La realidad y exactitud de su comportamiento se podría resumir en
"soy el que tiene la última palabra y soy el mejor que queda".

Daba igual si hablábamos sobre temas técnicos, sobre temas de ocio, sobre chistes, sobre otras personas, sobre otras cosas, sobre cualquier anécdota de la vida, sobre cualquier hecho relevante o irrelevante, daba igual quien estuviera, quien fuera y que posición ocupara, que lugar o que momento en el tiempo...
siempre, él tenía la última palabra. Esto es importante, porque independientemente de que las cosas fueran bien o fueran a peor, la conversación la cerraba quedando de la mejor forma posible.
Les pongo un ejemplo: estamos conversando sobre algún tema de actualidad o algún tema fuera de la informática. Mi jefe siempre tenía algún a amigo o algún conocido

que era un experto o que había logrado un gran nivel en ese campo. No está mal, pero llegaba a darte la sensación de que él era realmente el centro de atención. No importa que nadie conociera a ese tercero, lo importante era que mi jefe lo conocía y, además, lo conocía mejor que nadie. Por lo tanto, el gerente se convertía en una extensión presente y personal de la historia, lo cual le valía todo el protagonismo. Si contabas un chiste, él siempre tenía alguno mejor, y si no, te contaba otra historia, pero siempre tenía la última palabra o lo que relatara tenía que ser más sorprendente o importante.
He llegado a pensar que si un día alguien le contara que tiene todos los premios
Nobel, seguro que mi jefe le diría

que conoce a alguien que tiene todos los premios Nobel más uno o que directamente conocía a quien los inventó
;). Fuera lo que fuese, siempre tenía que ser el que cerrara cualquier discurso, discusión, parlamento, charla o conversación con su punto de vista o con una historia, a su juicio, mejor que la de los demás.
Todo con tal de no perder el protagonismo y la autoridad moral.
Si este tipo de comportamiento se daba a nivel informal, no quieran imaginarse las situaciones cuando se trataba de asuntos laborales, sobre todo cuando el empleado tenía la razón o reclamaba algo. Independientemente de los argumento que presentases,
él iba a anularlos con una "buena" historia, con una "buena" excusa o con una "buena" razón, y absolutamente siempre, sería el último en decir algo, porque cualquier réplica iba a ser contrarrestada

con otra "buena" historia, otra "buena" excusa, otra "buena" razón u otra "buen" plan B de escape. Por supuesto, sus relatos y allegados iban a marcar la diferencia entre tú y él, o al menos, eso era lo que él creía.
Esta obsesión la llevaría hasta el final, pero yo no estaba dispuesto a alimentar la hoguera de las vanidades del gerente. En la
reunión le había dejado claro sus límites conmigo y
la "última palabra" no estaba dentro de ellos.