18 noviembre 2006

Los parlamentos al final de la jornada

Hace un par de días comenté que el jefe aprovechaba para hablar de ciertos temas de trabajo fuera de horas de trabajo. En mis primeros tiempos en la empresa, parece que había ciertos problemas económicos para pagar los sueldos. Digo "parecía" porque con este gerente muchas cosas no eran lo que parecían. En varias ocasiones se reunió (después del trabajo) con el turno de los pringadillos, para comentarnos esos problemas y que la alternativa que nos daba para no echarnos a la calle, era que trabájasemos a comisión. Es decir, nos pagaba un mínimo (el sueldo mínimo interprofesional, que en aquella época sería de unas 65.000 pesetas) y el resto sería lo que consiguiéramos por comisiones. Estas comisiones eran un pequeño tanto por ciento de cada trabajo realizado, pero no incluía comisión por ventas. Lo que en palabras claras nos proponía era: trabajar todo el día (en el local o en casa) por un importe menor a lo que cobrábamos en ese momento, que eran unas 105.000 ptas. (aprox. 630 euros/mes). Afirmo esto porque como ya hemos visto: no se cobraba trabajos a los amigos (que eran muchos), no se cobraba a muchos clientes que eran "estratégicos", no se pagaría comisión por las ventas de equipos o hardware (y eso suponía tiempo para cada venta), se tenía que hacer el trabajo de otros compañeros, pero no lo podías facturar a tu nombre, etc... Al final, ¿qué hicimos? No aceptamos esas condiciones y no nos echaron. Al contrario, tiempo después se contrató a más empleados. Por eso pongo en duda el discurso de mi jefe, que puede ser que en un momento concreto fuera válido, pero que el tiempo demostró que era mayoritariamente falso.
Otras veces, mi jefe se sentía aburrido, y nos empezaba a contar sus batallitas. Podía ocurrir cuando estabas trabajando o cuando ya pretendías salir por la puerta para irte a tu casa. Te podía dejar una hora sin hacer nada o acabar con tu paciencia, porque le tenías que prestar atención. Al principio me impresionaba bastante, pero la reiteración en las historietas y el conocimiento cada vez mejor de esa personalidad (mentiroso compulsivo y megalómano), defraudaron la fascinación que me producía. A lo largo de los años cada vez le puse menos interés y me dedicaba a hacer mi trabajo mientras hablaba. Luego al final de mes, volvía a quejarse de que no trabajabamos lo suficiente, pero claro, no valoraba el tiempo que nos hacia perder con sus historias.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Por lo menos ahora puedes empezar a dormir tranquilo, a él se le están poniendo las cosas en su sitio y seguro que al ver como le desaparecen los bienes el insomnio cambia de cama. Felicidades por ese "Final Feliz" (o por lo menos lo mas feliz que pudo ser) que tarde o temprano contarás.

El Motero Jebi!

Er kemao dijo...

Motero y heavy? jejeje yo te conozco ;) La verdad que no envidio la situación de esa persona en este momento. Parece que eso de "donde las dan las toman" ocurre a veces. Gracias por comentar. Saludos.